martes, 14 de enero de 2014

El Termidor argentino según Termidorianos


Presidente Perón una semana después del sangriento ataque del ERP a la Guarnición de Azul, a la que respondió con su famoso Mensaje a la Nación y Radiograma a las Fuerzas Armadas: "Aniquilar este terrorismo criminal... Exterminarlos uno a uno para el bien de la República"



Entrevista online a Jorge Fernández Zicavo, coordinador del Blog Termidorianos.


Termidorianos es el único website dedicado a historiar la guerra revolucionaria que hubo en Argentina durante la pasada década del setenta. ¿Cuándo y quiénes lo fundaron?

Inicié el Blog en noviembre de 2009 para divulgar en Internet la historia de una guerra revolucionaria que la izquierda ha conseguido borrar de la memoria colectiva. Posteriormente se sumaron varios colaboradores. En estos cuatro años hemos tenido 73.000 visitas y hemos impartido dos seminarios a historiadores y analistas del terrorismo internacional.

Imaginamos las dificultades de luchar contra una historia oficial muy arraigada en la opinión pública argentina e internacional.

Nos enfrentamos a un relato histórico prácticamente imposible de desmontar. Una poderosa maquinaria estatal de propaganda lo introduce sistemáticamente en el cerebro de los ciudadanos desde la escuela primaria; y fuera del ámbito de la enseñanza es reproducido por una prensa autocensurada por el síndrome de la corrección política. El bombardeo mediático de este relato falsario reproduce las técnicas soviéticas de adoctrinamiento reconstruidas magistralmente por Orwell en su famosa alegoría futurista que situó en una Inglaterra comunista del año (¡Oh! ironía), 1984.

¿Cuáles son las características fundamentales de ese relato?

El “relato kirchner-montonero” es un cuento, o fábula, concebido para adolescentes -de edad y de intelecto-, que elimina de la historia argentina nada menos que los siete años (1969-75) correspondientes al accionar terrorista y paramilitar de las izquierdas antes del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976; más los cuatro siguientes, en los que, aunque con menor intensidad, continuaron operando. Un agujero negro de ¡once años!
Para este relato metafísico, en los '60 no hubo subversión marxista armada (guerrilla cubana del EGP en Salta, por ejemplo), y la década del '70 no comenzó, como es lógico, el 1 de enero de 1970 sino el citado 24 de marzo de 1976.
En 1984, la propaganda izquierdista inició su relato mediante una maquiavélica tesis negacionista de la historia apoyada en tres secuencias argumentales:
No hubo una guerra revolucionaria, sino luchas “políticas”. Por lo tanto no hubo terroristas o combatientes, sino “militantes”. En consecuencia, las desapariciones fueron “terrorismo de Estado contra opositores civiles” = crímenes de lesa humanidad.

Esta tesis era funcional a cuatro objetivos necesarios para encarar la etapa de postguerra que entonces se iniciaba:
Convertir a los victimarios en víctimas. Garantizar la impunidad penal de los terroristas (816 homicidios). Que el Estado indemnizara a las familias de los terroristas ejecutados. Derrotar políticamente a las FFAA que las derrotaron militarmente.

¿Termidorianos podría ser considerado un Blog “procesista”, justificador de la dictadura militar que las Fuerzas Armadas definieron como un Proceso de Reorganización Nacional?

En el Proceso habría que diferenciar su programa de gobierno y su programa militar contra la subversión armada. Como consecuencia de una lectura dialéctica de los hechos (causas-efectos), consideramos que a pesar de sus errores políticos y económicos cumplió una función histórica positiva: acabar con una guerra revolucionaria iniciada por sectas marxistas para implantar una República Socialista totalitaria de partido único. Episodio argentino de la guerra revolucionaria continental proclamada por el Estado cubano en 1967 (OLAS).
Por lo tanto, en términos de pragmatismo, fue una dictadura plenamente justificada. Defensiva y al mismo tiempo Contraofensiva: respuesta a siete años de una sangrienta subversión armada contra el Estado y la población civil cuya aniquilación en todo el territorio nacional fue decretada cinco meses antes del golpe por el Gobierno presidido por María Estela Martínez de Perón. Un Gobierno que había ilegalizado al ERP y a Montoneros por Sedición, declarado el Estado de Sitio, encarcelado a 1.500 terroristas, amparado unas 400 ejecuciones por la paraestatal Alianza Anticomunista Argentina y decretado la aniquilación de la subversión en la provincia de Tucumán sin que nada de eso consiguiera acabar con una ofensiva castro-guevarista que se había desarrollado desde abril de 1969 gracias a la incompetencia de los generales Onganía, Levingston y Lanusse.
Un Gobierno desastroso y en fase terminal, pero constitucional; y un Decreto refrendado en el Congreso por todos los partidos, incluidos ¡el Peronista que estaba en el poder! y el Comunista, que al mismo tiempo pedían al Ejercito dar un golpe de Estado.
Obviamente, los gobiernos del Proceso fueron ilegales, pero su campaña aniquiladora de la subversión fue legal. Lo repetiré, porque es esencial para todo análisis sobre la cuestión: la dictadura militar (el golpe), y la aniquilación de la subversión que llevó a cabo, fueron legitimadas por el Congreso de la Nación. La dictadura de facto; la aniquilación de iure, y doblemente: Poder Ejecutivo.

Aunque ya me lo aclaró, sería interesante que explicara a los lectores su concepto de dictaduras positivas y negativas.

Más allá de la definición académica, el término dictadura ha adquirido en la Historia dos acepciones: puede ser negativa (las totalitarias: Lenin, Stalin, Hitler, Mao, Fidel Castro, etc.) o positiva (las autoritarias: Mussolini, Franco, Pinochet, el Proceso... es decir, la antitotalitarias). Las dictaduras republicanas positivas han estado presentes en la historia occidental desde la Antigüedad. El dictador Pisístrato hizo de Atenas una ciudad próspera y democrática un siglo antes de Pericles; y los romanos tuvieron seis dictadores, incluidos los famosos Julio César y Cincinato. Si se conocen la diferencias entre regímenes totalitarios y autoritarios, se comprenderá bien lo anterior.

Usted considera que en situaciones críticas no previstas por las leyes y la Constitución, la supervivencia y soberanía del Estado-nación está por encima de cualquier ordenamiento institucional y legal.

Efectivamente. Contrato Social, Constitución, Parlamento, División de poderes... propuestos por John Locke en 1689 y luego por Montesquieu y otros, nunca han sido más que mitos políticos y sociológicos asumidos formalmente. Desde mediados del siglo XIX la partidocracia (oligarquía ya estudiada por Max Weber en 1919), se ha apropiado del Estado y ha secuestrado la soberanía popular. En realidad, desde el momento en que el único poder “real” es el partido gobernante que controla el Parlamento y designa a los magistrados de la Corte Suprema, las democracias parlamentarias son dictaduras de partido único. Sólo la alternancia en el poder las diferencia de las totalitarias.
En consecuencia, el Estado-nación no puede quedar indefenso por formalidades jurídicas. Este conflicto ya se presentó y resolvió en las repúblicas romanas mediante una argumentación que más tarde defendería Jean-Jacques Rousseau en El Contrato Social:

Cuando alguien se rebela contra su patria y le declara la guerra, la supervivencia del Estado se vuelve incompatible con la suya y es preciso que uno de los dos perezca (…) Tenemos derecho a matar a quien no podamos dejar vivir sin peligro para nosotros… el derecho de guerra autoriza a matar al vencido (…) En ciertos casos, la inflexibilidad de las leyes impide reaccionar ante los acontecimientos y puede causar la destrucción del Estado.

Estas afirmaciones de Rousseau encajarían perfectamente con la Argentina de los setenta.

Sin duda. Coincidiendo con estas premisas, en enero de 1974 el presidente Perón sentó las bases de la doctrina contraterrorista del Estado:

Para sustentar el Estado y la nación... es preciso Aniquilar al terrorismo criminal... Exterminarlos uno a uno para el bien de la República... Con la ley o fuera de la ley; nosotros vamos a proceder de acuerdo con la Necesidad, cualquiera sean los medios. Si no hay ley, fuera de la ley también lo vamos a hacer, y lo vamos a hacer violentamente porque a la violencia no se le puede oponer otra cosa que la propia violencia.

Esta reacción de Perón fue inequívocamente termidoriana, propia de un político que siempre pensó y actuó con visión de Estado, o sea, de futuro. Compartimos totalmente su declaración de guerra a la subversión armada: aniquilación y exterminio de los enemigos del Estado y de la población civil que repudiaba su proyecto. Entonces no había otra posibilidad que desatar una batalla definitiva y despiadada contra la izquierda insurgente y homicida empeñada en radicalizar la dinámica acción-reacción-acción hasta provocar una guerra civil; el escenario soñado por todos los revolucionarios. La izquierda terrorista probaría su propia medicina.

En su opinión, aquella izquierda se suicidó.

Una deducción de puro sentido común. Pequeñas sectas de clase media universitaria y sin apoyo popular alguno, se plantearon nada menos que tomar el poder previa “aniquilación de las Fuerzas Armadas”, después de una “guerra popular” que sus mentes alucinadas daban por inevitable y victoriosa. El “pueblo”, del que en su delirio se consideraban vanguardia ideológica, no solo los ignoró, sino que en muchas ocasiones los delató a las fuerzas del Estado. No olvidemos que la clase obrera argentina es abrumadoramente peronista, y por lo tanto, antimarxista. Valga como ejemplo la famosa batalla de consignas: los montoneros infiltrados en el peronismo coreaban Perón, Evita, la Patria Socialista y los sindicatos les respondían (a veces con balazos) Perón, Evita, la Patria Peronista o Ni Yankees ni Marxistas, Peronistas.
En 1837, el genial Alberdi advirtió a los “pequeños círculos irracionales” que pretenden ser vanguardia del pueblo: “Sólo el pueblo es legítimo revolucionario: lo que el pueblo no pide, no es necesario. Preguntad al pueblo, a las masas, si quieren revolución. Os dirán que si la quisiesen, la habrían hecho ya”. ¡Impresionante! Me quedé pasmado cuando hace unos meses encontré estas palabras releyendo su Fragmento preliminar al Estudio del Derecho.

¿Cómo resumiría el significado de Termidor?

La reacción termidoriana nace siempre de una necesidad histórica. Es una respuesta a la violencia de los mesiánicos creadores de “hombres nuevos” que siempre acaban esclavizando y exterminando. Reacción, respuesta, contraofensiva... contra las ideologías totalitarias y el terror que les es consustancial. El Termidor “blanco” (derecha) nació en el julio (termidor) francés de 1794 para acabar con la segunda oleada del terror jacobino conocida como Gran Terror: 17.000 ejecuciones por guillotina en 50 días. El Primer Terror habían sido los genocidios de 1793 en La Vendeé, Lyon y Nantes en los que 120.000 hombres, mujeres y niños católicos y pro-monárquicos fueron salvajemente exterminados por las Columnas Infernales de los generales jacobinos.
En el siglo XX fue necesario ser termidoriano en Rusia y en España para enfrentar al comunismo. El siglo XXI será (ya lo es), el del Termidor contra el terrorismo islámico que ha desatado la Yihad contra Occidente. La violencia termidoriana, en definitiva, es una última ratio; violencia necesaria e inevitable para garantizar en términos de largo plazo o de futuro la libertad y demás principios de nuestra cultura occidental por los que murieron decenas de miles de guerreros en Maratón, Termópilas, Zama, Poitiers, Covadonga, Lepanto o Viena.

¿Y al Termidor argentino?

Las Fuerzas Armadas estudiaron dos variantes para aniquilar la subversión: operaciones centralizadas o descentralizadas. La primera requería un comando único y piramidal, pero sería lenta; la segunda otorgaba una autonomía horizontal difícil de controlar, pero acortaría los plazos. Se optó por esta última, y eso provocó lamentables errores de identificación de enemigos; no muchos, porque en general las fuerzas del Estado operaron con buenas fuentes de información. Se produjeron errores, excesos, robos, chantajes... pero si se quieren los fines habrá que aceptar los medios, con todas sus consecuencias. Los fines de la paz y de la libertad los garantiza el Estado mediante la ley, y si ésta es desafiada, mediante la violencia; pero el Estado argentino, al igual que la izquierda, única responsable de aquella tragedia, estuvo integrado por hombres, no por ángeles.
En 2010 el general Videla declaró ante sus jueces:

Que fuimos crueles nadie lo dude. Sí, lo hicimos en el marco de crueldad que impone toda guerra por su propia naturaleza; pero no fuimos unos sádicos. De acuerdo, nosotros seremos los verdugos; sean ustedes los hombres libres.

Según esa síntesis o balance histórico de Videla, la actual democracia parlamentaria debería su existencia a las Fuerzas Armadas.

Desde luego. La dictadura cívico-militar del Proceso defendió a la República atacada por el terror marxista instrumentalizado por la Cuba castrista; mercenaria, a su vez, de la Unión Soviética en su guerra fría con EEUU en el campo de batalla latinoamericano. Y en el africano: 275.000 militares cubanos combatieron en la guerra de Angola y 15.000 en Etiopía.
Por consiguiente, la actual democracia parlamentaria debe su existencia a las Fuerzas Armadas que una vez cumplida su misión abandonaron el poder. Si con el tiempo la subversión hubiera seguido creciendo, el pueblo argentino se habría desangrado en una dantesca guerra civil; y de haber triunfado, la República fundada en 1853 habría sido demolida totalmente. Los enfrentamientos homicidas entre la ultraizquierda y la ultraderecha peronista durante 1974 y 1975 fueron la primera fase de una futura guerra civil generalizada; objetivo estratégico del ERP y Montoneros. (V Congreso del PRT, fundación del ERP: “De acuerdo a las características que señalamos que tendrá la revolución en nuestro país, debemos definir nuestra guerra como guerra civil revolucionaria”).

Resumiendo: la dictadura cívico-militar del Proceso no destruyó la democracia; la suspendió hasta que fuera aniquilada la izquierda apátrida y mercenaria. Asimismo, al haber sido demandada por la totalidad de los partidos, fue una dictadura democrática, o si se prefiere, una democracia dictatorial. Más aún: debido a ese apoyo, los gobiernos del Proceso fueron unos de los más legitimados de la historia argentina. Ningún partido político fue ilegalizado, ni siquiera el Comunista, cuyos dos más importantes dirigentes contaron con custodia de la Policía Federal durante sus desplazamientos. Personas relevantes de todos estos partidos fueron ministros, embajadores, secretarios de Estado, gobernadores de provincias e intendentes municipales. De éstos últimos, nada menos que el 90% desempeñó ese cargo.

Es que, en política, reino de las paradojas y de la relatividad semántica, en ocasiones no hay oximoron. Si dictaduras romanas como la de Cincinato están justificadas porque fueron acordadas por el Senado de repúblicas democráticas, ¿por qué escandaliza que eso mismo sucediera en Argentina 2.000 años después? Ética y moral son irrelevantes para la Política; su única fuerza motriz es la Necesidad. Por cierto: Lenin definió como democrática a la dictadura bolchevique... incluso, después de haber masacrado a los marineros socialistas y anarquistas de la base de Kronstadt, y de que 2.000.000 de rusos huyeran del terror rojo.

En su opinión las Fuerzas Armadas cometieron dos grandes errores estratégicos.

El primero fue el golpe de Estado. Treinta años después, el general Videla reconoció en una entrevista que debieron haberse concentrado exclusivamente en la aniquilación de la delincuencia subversiva en su doble accionar de terrorismo e insurgencia paramilitar. Yo añado: pudieron haber hecho “ingeniería institucional” gobernando en la sombra como hicieron sus colegas uruguayos durante la primera presidencia de Juan María Bordaberry.

El segundo fue no haber sabido valorar el apoyo que todos los partidos y la Confederación General del Trabajo les dieron inicialmente. Carecieron de recursos intelectuales para comprender el sentido profundo de lo que ocurría en esos años. No concibieron la guerra contrarrevolucionaria como una guerra de liberación, como una gesta popular que involucrara a toda la sociedad contra el ataque del marxismo internacional: la OLAS de Cuba-URSS, la Cuarta Internacional trotskista a la que pertenecía el Ejército Revolucionario del Pueblo, y las bandas terroristas de Uruguay, Bolivia y Chile que operaban dentro de él. Mucho teorizar entre ellos sobre la Doctrina de Seguridad Nacional, pero no se la explicaron a la sociedad y no rompieron relaciones diplomáticas con Cuba y la Unión Soviética. Con la primera porque los cubanos no condenaban en la ONU a las Juntas Militares argentinas por violación de Derechos Humanos a cambio de una posición recíproca. Con la segunda porque debido a una gran crisis en su producción de cereales el gobierno de Videla le vendía millones de toneladas, además de comprarle agua pesada para la Central Nuclear Atucha I y encargarle la gestión del proyecto hidroeléctrico Paraná Medio.

Por el consenso político y sindical, y por el carácter liberador de su gesta o cruzada, las FFAA debieron haber articulado orgánicamente ese apoyo. Lo cual hubiera legitimado ante la opinión pública nacional e internacional la guerra contra la subversión: que debió haber sido legalizada con tribunales de guerra y fusilamientos.

En definitiva, los generales no hicieron una correcta lectura política de la más política de las guerras: la revolucionaria. Pero en su descargo habrá que decir que difícilmente pudo haber sido de otra manera, porque a los militares de todo el mundo no se les enseña Historia y Ciencias Políticas en las Academias, sino a matar a los enemigos de su nación cuando se lo ordene la jefatura del Estado. Que fue lo que hicieron.
Al precio de 608 militares y policías asesinados en atentados o muertos en combate.

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Para conocer el desarrollo del Termidor argentino en sus dos fases, recomendamos los artículos:

El Termidor argentino (1)
El presidente de la República, general Juan Domingo Perón, pide a todo el pueblo argentino movilizarse contra la subversión armada en términos inequívocos: "aniquilación" y "exterminio".

El Termidor argentino (2)
La presidenta de la República, María Estela Martínez viuda de Perón, decreta que el Ejército aniquile la subversión armada en la Provincia de Tucumán, y posteriormente, que las Fuerzas Armadas lo hagan en todo el territorio nacional.

2 comentarios:

  1. Doy fe de todo lo comentado que sucedió tal cual por haberlo vivido y ahora puedo decir que lamentablemente los errores cometidos se repiten y si no se corrigen a tiempo tendremos que lamentarnos por mucho tiempo,pobres las nuevas generaciones que nos sucedan, tendrán que vivir un futuro nefasto...

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  2. Doy fe de todo lo comentado que sucedió tal cual por haberlo vivido y ahora puedo decir que lamentablemente los errores cometidos se repiten y si no se corrigen a tiempo tendremos que lamentarnos por mucho tiempo,pobres las nuevas generaciones que nos sucedan, tendrán que vivir un futuro nefasto...

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